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Jesús R. Castellano
Gijón/Tenerife

Las plantas (la expropiación)

a Alberto Ámez, Sibisse Cándida y David González

«Amo a esta tierra. La amo con dolor, ciegamente, 
como nunca podrá ser amado ser ni cosa alguna. 
Y ante este amor, la sangre nada importa.» 
Isaac de Vega, La posesión.

«Estoy de la aldea hasta la coronilla.» 
Chéjov, Mi vida.

        Un año llegaron los del Ayuntamiento, midieron los prados y dijeron que expropiarían para hacer un polideportivo. Yo todavía estaba en Tenerife. Y cuando volví, mi prima se había dedicado a acumular perros. Me recibió la peste a mierda, pero a todo se acostumbra uno. 
        Me acostumbré de nuevo a la aldea. Aquí están nuestras tierras. Aunque quisiera haber dicho «aquí tengo yo mis tierras». Pero temo que será mi prima quien se quede con las pesetas de la expropiación. Mi tía es caso aparte. Ella vive más en babia que aquí abajo. Lo último que se le metió en la cabeza es que la vecina robó la fesoria
(1). Fue tiempo perdido intentar convencerla de que las fesorias son ya trastos inútiles. La vida campesina pasó de la realidad a las páginas de la Enciclopedia Asturiana. Quien quiera ver vida campesina... ¿qué diablos me importa a mí la vida campesina? Yo no soy mi abuelo. Y su preferido fue mi primo, que apenas le sobrevivió cinco meses. 
        Cuando tengo insomnio, prefiero estar en un cuarto donde no entra nadie. Aquí me siento a gusto. Son las dos de la mañana de la noche del 11 al 12 de octubre y toda la casa está oscura y silenciosa. No quiero nada. Me gusta la oscuridad y el silencio. Incluso odio encender el mechero para reavivar la yerba del diablo en la cazoleta de la pipa. 
        La puerta se entreabre lentamente y observo cómo entra en el cuarto, y ya no me sorprende ni me emociono, la figura de Mina cuando la conocí.
        —Mina...
        —No soy Mina. Soy la Muerte. 
        No debe de tener personalidad propia la Muerte. La sombra de su rostro cambia hasta convertirse en la de mi primo, antes de que se ahogara en el río hace treinta años. Le pregunto que por qué se fue. Él era como mi abuelo. Nunca hubiera permitido... O sí. Pensaba... ¿qué más da?
        —¿Por qué? 
        No hay respuesta. 
        Llueve. Treinta y tres días sin llover y llueve hoy. Escucho el agua en el tejado y Mina, o mi primo, o la Muerte, canturrea el lenguaje de las flores. Romero, recuerdos. Salvia, estimación. Tomillo, actividad
        Frente al corredor de nuestra casa hay una arboleda y, rodeándola, varios prados, sin nada que valle nuestras posesiones. Es la casa de mi familia. En otros tiempos encalada, limpia, decente, y hoy poblándose de telarañas, convertida en una de esas casas en las que nadie quisiera vivir. 
        Aquí vivimos mi tía, mi prima y yo. 
        A pesar de que a veces dormíamos juntos, mi prima y yo luchábamos secretamente por el dinero de la expropiación. Mi prima tenía ventajas. Ella, catedrática en la Universidad, y yo, en cambio, un bedel. Y comprar el coche, que por fin me dieron el mes pasado, rompió mi economía. Ya no podía pensar en pagarme un picapleitos. Y un bedel será siempre un bedel, por mucho que presuma de coche. 
        Mi prima me lo dijo cuando lo compré, como recordándomelo. 
        —Estás loco. Todo el mundo compra de segunda mano. 
        Cambió de opinión cuando, el 5 de agosto, le presté el coche, un Peugeot 406, nuevo, metalizado; entonces dejó de molestarme y todo fueron sonrisas. Mejor así. Se fue y me dejó en paz. No soportaba su presencia. 
        En mayo y junio me había dedicado a cuidar las plantas, hasta que la paranoia de sentirme amenazado se hizo obsesiva y sentí que en cualquier momento la Guardia Civil... y no sólo la Guardia Civil. Mi prima casi lo había proclamado por el pueblo, incluso a los gitanos a los que alquiló el prado para que pastasen una yegua y dos burros. Yo temía que en cualquier momento iba a recibir la visita de un guardia civil. 

        Fue a finales de abril cuando planté y sembré entre los árboles, frente al corredor, cebollas, patatas, aloe, marihuana y yerba del diablo, y más tarde añadí tomillo, romero y salvia a mi plantación. 
        Las cebollas las planté donde no daba el sol, bajo la higuera, y se pudrieron. Yo no sabía nada sobre la cebolla. No sabía que era de secano. Las patatas también se echaron a perder; las descubrieron los topos. En cambio, creció bien lo demás. 
        Durante un tiempo, repetidas veces mezclé la tierra de la higuera con el viejo cucho
(2) de las vacas que ya no existen, un montículo —entre la higuera y una jaula de hierros oxidados, cerca del tendejón— que mi prima convirtió en cementerio de perros. 

        Oigo aullar a la perra de la cuadra. Ya no hay ni sombra de vacas en la cuadra. Está a reventar de cachivaches, chatarra, dos ratas y esa perra que cuando me siente cerca, aúlla para que la desate. Pero hace meses que me cansé de desatar y sacar a pasear a los perros. No soporto andar por la aldea, convertida en una urbanización-dormitorio. Los prados y las casas viejas desentonan entre los nuevos edificios, fuentes, rotondas, farolas y un párking subterráneo. Sólo frente al corredor, entre los árboles, malezas y arbustos donde tengo la plantación, de espaldas al camino real, no se ve el progreso, y hasta la urraca, cuando cantaba, hacía creer que nadie expropiaría y mataría nuestras tierras. La pega
(3) hace tiempo que no canta. 
        Recuerdo aquel día de abril porque me había detenido como un tonto a ver las flores de los manzanos y mi prima me interrumpió. Me invitó a un café en un bar de la parte baja del pueblo. Me extrañó que sacara un duro de la cartera para invitarme, hasta que supe por qué. Quería que yo le prestara el coche en agosto para viajar a París a ver el eclipse. Ella es así, no se corta. Aún el concesionario no me había dado el 406 turbodiesel 120 caballos y quería estrenarlo ella, y no para ir a dar una vuelta a Oviedo, sino para un señor viaje a París. Le dije que no. Yo, que gano tres veces menos, hago un sacrificio y me meto en la compra de un cochazo. Ella no. Ella lo pide prestado. ¿Por qué? No se lo pregunté. Hubiera sido capaz de razonar su punto de vista tres horas seguidas, sin hacer ni una pausa y sin aclarar nada. Como cuando se ponía a hacer culturismo, con el mismo ejercicio tres horas, sin parar. 
        Antes de entrar al bar, vi un cuervo posándose sobre el tendido de la luz. Me gustan lo cuervos; hasta que me puse a plantar eran casi los únicos seres vivientes con los que podía comunicarme. Dentro del bar, un paisano venido a menos estaba tan borracho que apenas se sostenía en pie. El hombre imprecaba al presidente del Gobierno, que llenaba con la risa de sus dientes el televisor sobre las estanterías de las botellas.
        —¡Se le ve en la mirada! ¡Se le nota en el rostro! ¡Mira, Chuso, mira cómo se mantiene derecho! –el cabrón me dio con toda la palma de la mano en la espalda—, ¡ese fijo que se mete perico! ¡Fijo, fijo! ¡Me juego el cuello! ¡Y nosotros pagando impuestos! ¡Cago en Dios!
        —Deja de incordiar, Manolo. Vete a dormir la borrachera –dijo la del bar, una mujer competente. Mi prima dijo que engaña al marido. Pensé parar más a menudo por el bar... 
        —¿Y cobra?
        —¿Quién?, ¿ella? 
        —¡Ese se mete! ¡Ese se mete! –Salió del bar a trompicones el borracho. El cuervo también se alejó y se perdió de vista. 
        En fin. Regresé a casa. Recordé que el marido de la del bar era un tipo con mala sangre. Un resentido. Y además, siempre cobran. Siempre terminan cobrando. Era preferible ir al Flamingo con David, un compañero de trabajo en el Centro de Arte Revillagigedo de Gijón. Deseché la idea de intentarlo. Nada de pelearme con cornudos que no razonan. Es preferible hablar con el manzano donde mi prima practicó, durante su juventud, el tiro de puñal. Mi abuelo le compraba puñales a mi primo, mi primo se los cambiaba a ella por cualquier cosa y ella practicaba. Pero el árbol sigue viviendo, dando frutos, aunque mi prima insistió en que había que cortarlo. Sus ramas ya no dejan pasar el sol. Pues que no dejen pasar el sol. Si quiere sol, que vaya al Caribe. Por fortuna no encontró el hacha. Estuvo buscándola tres días pero no la encontró. 
        Pensé en la perica. Hacía tiempo que yo quería salir de eso. Es verdad que es golosa la cocaína, peor que una tragaperras. Pensaba que ahora sí tenía que dejar la perica cuando mi prima hizo de nuevo una de sus acostumbradas apariciones. Me dijo que quería enseñarme su última adquisición para su colección de armas blancas: un machete de carnicero. Cuando vi el machete recordé cuando mi tía, aún era joven, me llevaba con ella a comprar pescado a una pescadería de Oviedo. En mi memoria se quedaron grabados el olor y el movimiento sexual de la pescadera cuando partía el pescado con un machete. 
        Mi prima volvió a insistirme con que le prestara el coche. 

        Llegó el mes de julio y seguía insistiendo.
        —No lo entiendes, el coche lo necesito para ir a trabajar. Desde que lo compré sueño con ir al trabajo en el coche y que me vea llegar la directora, ella tiene un Mercedes, y en estos tres días llevo vistos dos Mercedes averiados, y en ningún taller vi un Peugeot, ¿sabes lo que significa?
        —Significa que estás cultivando marihuana y yo no te digo nada. Y sabes que si lo descubre la Policía Nacional, me van a acusar de cómplice. ¿Sabes lo que significa cómplice según la última edición del diccionario de la academia?
        —¿Qué academia? ¿La academia de la llingua?
(4)
        —¿Me estás vacilando? 
        Le dije que no y me retiré a la habitación oscura, llena de libros viejos y de recuerdos familiares. No sé qué pájaro lloraba en el saúco. La foto de mi primo, de primera comunión, parecía un esperpento entre tanto moho y humedad. Recordé que cuando niño lo habían tenido que llevar a Castilla para que el clima seco le curase los pulmones. Abrí una gaveta de un mueble que mi tía, hace años, estuvo a punto de vender a uno de Oviedo que iba recorriendo los pueblos, buscando gangas antiguas. En la gaveta descubrí semillas de yerba del diablo y un libro publicado hace más de un siglo, de un tal Víctor Hugo, uno de esos franceses que nos trata a los españoles como si fuéramos incapaces de salir de segunda división. Pero cuando la selección de Camacho se enfrente con la francesa... en fin, a mí no me interesa gran cosa el fútbol, pero me gustaba hablar de fútbol con David. Incluso pensé regalarle el libro. Él tiene aficiones literarias y le gustaría algún día escribir como Cela. 
        Recordé que las semillas las había traído de Tenerife. (Hace años me tocó la mili allí, en Caballería... en fin, conocí gente, y terminé casándome con Mina. Fuego en el semblante y nieve en el corazón. Mientras yo me rompía los cuernos trabajando, ella me los afilaba en el monte, en orgías con té del diablo, un bebedizo hecho con las semillas de yerba del diablo. Subía al monte con los amigos y hacían el té. Alguno se pasó con los sorbitos y la cosa salió a la luz. En fin, que dejé a Mina, dejé un trabajo de guardián nocturno y volví a Asturias. Aunque mi prima nunca me cayó bien, echaba de menos el refugio de mi país. Y lo que encontré fue más de lo mismo.)
        En la misma gaveta había también semillas de marihuana, que me había dado un amigo de David cuando hice un viaje con él a León. 
        Mi prima, cuando a últimos de abril me vio sayar la tierra, se echó a reír. Me preguntó si estaba plantando cebollines. Insistió con lo de los cebollines, quizá porque con ella últimamente no se me levantaba y no podía cumplir como un paisano
(5). Al principio, cuando se metía en mi cama, callada y paradójicamente suave, en contraste con su habitual tosquedad, recordaba a Mina y la dejaba felizmente agotada. Pero luego se me pasó. Ya no quise acordarme de nadie.
        —Te diré una cosa –le dije—. ¡Las plantas sienten y padecen! Si hay Dios, no es el hombre el semejante a Dios sino las plantas.
        —¡Jajajá! ¡¿Los cebollines también?!
        Entonces callé que estaba secretamente sembrando marihuana y yerba del diablo. La dejé hablar y hablar sobre los cebollines. La ignorancia de los otros me alivia de mi propia ignorancia. Hasta que sacó el tema del coche. 
        A mí en el fondo me da lo mismo Dios que San Pedro. Me convenía escuchar a David, que sabía cosas efectivas acerca del cultivo, y no estar pensando ese rollo de que Dios está en la plantas y no en los hombres. Aunque no deja de tener su razón. Si pienso que está en los hombres, no me es fácil confiar en Dios. 

        Mi prima, como yo insistía en no dejarle el coche, siguió dándome la brasa. Yo no esperaba que ella conociera la marihuana. Cuando la maría alcanzó un metro de altura, no dudó en desempolvar el gadañu
(6), lo empuñó y segó las ortigas entre la higuera y el antiguo pozo, cerca del río, por donde quedan algunas plantas de lino de cuando vivía mi abuelo. 
        Acepté su explicación para evitar discusiones. O la mataba o me callaba la boca. Dijo que necesitaba espacio para enterrar dos camadas de cachorros que apenas vivieron un mes y que se fueron muriendo uno detrás de otro, en fila india. No quise resucitar antiguas reyertas. En el prado había espacio de sobra para enterrar todos los perros. 
        Segó esas ortigas y abrió una entrada hacia las macetas, una entrada no sólo a las bestias de los gitanos, que ahora podían ver claramente lo que había y entrar cabalgando y joder la plantación, sino a cualquier avispado que conociera lo que crecía junto al saúco. Casi estuve a punto de arrojar la toalla y mandarlo todo a la puta mierda, pero pensé en las letras del coche. 

        La agricultura nunca fue mi afición. Ni yo mismo me creía cuando hablaba con David y le decía que quería imitar a mi abuelo. Porque mi abuelo, cuando regresó de Cuba, arrinconó el sable de comandante, una pieza fabricada en Toledo en 1890, se retiró de militar y fue agricultor y ganadero auténtico. Yo no soy nada... En el mejor de los casos, un babayo
(7) que hablaba con David de recuperar y cultivar la tierra. 
        —Sí, Jesús –me decía mi amigo—, hay que llenar la tierra de marihuana, adormideras y yerba del diablo, hay que acostumbrar a este húmedo país a convivir con algo mejor que la cocaína. Asturias necesita yerba del diablo. Conocimiento puro. Y no esta coca de mierda por todas partes, comiéndoselo todo con sus alas de Ícaro –dijo después de acabar con la tercera raya que rompía el tedio de la jornada laboral—. Esa yerba tuya del diablo desbancará a la coca en el mercado negro. ¿No dices que con la yerba no puede nadie?
        —¡Nadie! –le dije—. O te enloquece o te hace poderoso. La yerba es despiadada. Es la planta de los profesionales. No hay piedad cuando se trata con la yerba del diablo. Es como la letra «Y», cuya forma simboliza los clásicos cuernos: por un lado el cuerno de la abundancia, la fortuna y la salud, y por otro, el cuerno de la desolación y la muerte. Es verdad. La yerba del diablo mata a los débiles y aniquila a los ladrones y a los mentirosos, pero hace fuerte a los paisanos...
        —Eso tengo que apuntarlo...

        En un principio, mi intención era cosechar sólo maría. Si la cosecha era de calidad y abundante, mi idea era venderla por kimas
(8) y pagar las letras del coche. Las diez cebollas y las quince patatas que sembré fueron sólo para disimular, para que mi prima no se extrañase de mi repentina afición, por eso quizá las cebollas se pudrieron y las patatas se las comieron los topos. 
        No supuse que hoy la marihuana la conoce todo el mundo. En la Universidad, según mi prima, se apuñalan por conseguir buen hachís. Mis plantas crecían con esplendor y serían de mejor calidad que el mejor hachís que puede encontrarse. Ella también vio el negocio y apaciguó un poco, sólo un poco; por lo menos no siguió eliminando ortigas y arbustos alrededor de la plantación. 
        Si sembré semillas de la yerba del diablo fue sólo porque quería recobrar facetas de Mina que yo nunca había comprendido. ¡Creo que también pasó por mi cabeza que la yerba del diablo me ayudaría a enloquecer a mi prima y quedarme yo con el dinero de la expropiación! Dijo que regresaba el día 14 de agosto y estamos en octubre. 

        Noche sin luna. Está lloviendo. Los perros se han callado. Una rata merodea por el techo, buscando nidos de ratones. Si mañana sigue lloviendo, no podré cortar aún las últimas sátivas y ponerlas a secar. Quizá guarde algo para mí. La marihuana me ayudó a vivir en los malos tiempos. Algo le debo. En Negra Hora cuidé varias cosechas y recolecté buenos alijos, sin más ciencia que enterrar la semilla, regar y esperar. 
        Pero yo preferí el opio de Asturias. 
        El opio lo conocí porque la adormidera brotaba todos los veranos, desde el año que las había sembrado mi abuelo. Descubrí lo que eran aquellas amapolas con capuchones y varios veranos recolecté el látex para hacer opio. Es la droga de los que después de enfangarse en el mundo, se retiran a sus torres de marfil...
        Este mundo no está ya para torres de marfil. La prisa del mundo actual exige otras sustancias. Exige cocaína y alcohol. Quien viva hoy de espaldas al alcohol y a la coca, está fuera de juego. Sin embargo, lo mejor de mí mismo lo descubrí con el humo del opio. Hasta que mi prima, hace dos años, quemó con sal, pesticidas y azufre las últimas adormideras que crecieron en nuestras tierras. Ya nunca más volvió a crecer ni una triste planta. 

        Está oscuro. Oigo los ratones bajar por el cordel de la persiana, huyendo de la rata. Pienso que yo también debería retirarme y esconderme de todo el mundo. No volver al trabajo nunca más y devolver el coche. Oí murmurar a la Muerte.
        —¿Quién anda ahí? 
        Mi voz sonó tranquila. Compruebo que los años, cuando uno entra en la vejez y no huele mal, dan seguridad, y el olor de la yerba quemada apaga el olor de los años. 
        —¿Quién anda ahí?
        —Soy yo. ¿No me recuerdas? –susurró la voz de la Muerte—. Enciende la luz. 
        Volvía a adoptar de nuevo la apariencia de Mina. Me dice de nuevo que es la Muerte. No quiero saber nada. Que se vaya. 
        Y ni hablar de encender la luz. Me gusta la oscuridad. En la oscuridad se ven más claras todas las cosas. 
        Afuera vuelven a ladrar los perros. De rabia, porque no pueden comerse al pájaro que vuela. Ladran un rato y guardan silencio. Tienen tantas ganas de comer que terminan comiéndose la propia hambre. 

        Era una estupidez esa molesta obsesión de sentirme amenazado. Un paisano no se preocupa de si corre peligro o no, sino que, favorable o adverso, acepta lo que venga, siempre con la misma expresión de calma, y sigue sayando la tierra o la vida, aunque el viento o la ley, las hormigas o la humedad, los gusanos o las moscas verdes, aniquilen los frutos... ¡¿Un paisano?! Un paisano no presta su automóvil, recién comprado, para librarse de un estorbo. Aunque si digo la verdad, no fue esa la única razón. Otras razones se fueron acumulando, una encima de otra: la profecía que divulgaban los periódicos de que París iba a morir aplastada por un meteorito el día del eclipse y la visión que tuve cuando descubrí, en un rincón, casi perdido y acumulando polvo y cagadas de insectos, el sable de cuando mi abuelo fue comandante en La Habana. Me extrañó que mi prima no lo hubiese arramblado para su colección de armas blancas. Hacía tiempo que coleccionaba cuchillos, machetes, puñales, navajas... Quizá fue que no lo había encontrado. El caso es que, cuando desenvainé el sable, y me entretuve mirando el acero afilado y sin un punto de óxido, a pesar de sus más de cien años de antigüedad, tuve la visión de que mi prima fue la que mató a su hermano, mi primo Pedro... Si la policía hubiera investigado en la colección de armas blancas... pero no, cuando lo encontraron en el río, achacaron el hecho a la casualidad y a la mala fortuna. Ya pasó mucho tiempo, pero ahora... se me hace cuesta arriba más que nunca recordar la siempre sonriente boca de mi prima y ver brillar en sus ojos la seguridad y la firmeza. 

        Durante un tiempo me dediqué a pensar una estratagema: la manera de, llegado el caso, convencer al juez de que yo cultivaba marihuana porque quería dejar de fumar cigarrillos. Pensé tanto en ello que casi me convencí a mí mismo. Quizá el médico de la Seguridad Social me apoyase y, en lugar de tener encima una multa si la policía descubría la plantación, tuviesen no sólo que dejarme libre y sin multa sino además teniendo la ley que pagar por daños a mi salud. Todos los cigarrillos que Pili o David me ofrecían en el trabajo, los rechazaba. «Estoy dejando de fumar», era siempre mi respuesta. Y además, eso significaba un ahorro de cuatrocientas pesetas diarias. Si dejaba también de beber café en los bares, ahorraría una media de mil pesetas al día, dos tercios de las mensualidades del coche. La visión del sable, impoluto, virgen, cortó todo pensamiento económico y derrumbó mi voluntad. Me puse a darle vueltas a la cabeza, buscando una escapatoria. La yerba del diablo me llamó, como si tuviese que encarar una prueba, a empuñar el sable, para matar o matarme. 
        El 4 de agosto oí ladrar a Last. Fue un último adiós. Al día siguiente se libró de la cadena emitiendo un ahogado y prolongado aullido. Mi prima lo enterró junto a la figal
(9), sin despeinarse la obra de arte que le habían hecho por la mañana en la peluquería. Se sacudió el sudor de las manos, se metió en la casa y, después de una hora, apareció de nuevo con unos pantalones negros ceñidos a sus muslos y un suéter amarillo apretando sus monumentales pechos. Parecía una avispa. Con cara de velocidad caminó hasta el coche, colocó la llave en el arranque y se alejó, agitando una mano por la ventanilla en señal de despedida. Yo me quedé clavado junto a la casa, en el camino real, mirando en dirección a París hasta mucho después de que el coche desapareciera, sintiéndome al mismo tiempo libre e idiota, pensando en la muerte de su hermano, sin comprender cómo nadie puede morir, salpicar la vida, vivir con risas o con llantos y después sumergirse en las aguas de la muerte. Yo no lo sé, no lo entiendo. No puede ser así la vida, un extenderse largamente hacia la nada. Mi primo vivió gozando el instante hasta que en un recodo del río asomó la mirada de la Muerte. Sintió el sorbo frío, el temblor y, finalmente... una esquela en el periódico. 
        El día que le dije que le prestaba el coche, limpié de insectos las hojas de las plantas, regué algunas y me senté en la tierra, apoyado en un tronco seco, y me puse a mirar, entre las ramas de los árboles, el cielo de agosto. Oí, en la casa, una banal discusión entre mi prima y mi tía.
        —¡No se llama Pedro! ¡¿Cuándo te vas a enterar?! ¡La fesoria la cogió Chus! ¡Se llama Chus! ¡Chus! 
        Los ojos se me cerraron. Siempre lo mismo. Siempre las mismas estúpidas discusiones. 
        Mi cabeza estaba junto a una yerba del diablo cuando me dormí. En el sueño vi al presidente Aznar; se atusaba el bigote y explicaba, en rueda de prensa, por qué esnifaba cocaína. A su lado había un médico que le soplaba al oído lo que debía decirles a los reporteros. Me despertó el graznido del cuervo. Una brisa y el sol de agosto hacían bailar a una sátiva hermafrodita, como si estuviera entregada a su último baile. 
        El cuervo me dijo que el personaje del sueño era yo y que debía sacrificar a la hermafrodita si quería librarme del mal, salir al mundo de frente y enfrentarme como un paisano. 
        Me levanté, empuñé el mango de la pala de cavar y la dejé apoyada en la maceta de la hermafrodita. A esta planta le había puesto hasta nombre. La llamé David, como una especie de reconocimiento a mi amigo y compañero de trabajo, sin saber que con ello le estaba haciendo un flaco honor. 
        Cuando oí el aviso del cuervo, le quité el nombre y le quité la vida. 

        El día 5 de agosto perdí de vista la luna, las mezclas de tierra, los abonos.... Perdí interés por el cultivo. Los intervalos nubosos del tiempo dieron paso a la incertidumbre. Por un lado, la policía ya había descubierto varias plantaciones desde Finisterre hasta Palencia. De otro, creció la paranoia de que cualquiera entrara por el tendejón o por la higuera. El intruso sólo tenía que ser listo y darse cuenta de que los perros no son ningún peligro. Son perros atontados, sólo ladran cuando tienen hambre o ganas de desahogarse. Lo demás les importa poco. 
        Vi que la hermafrodita perdía fuerza. Sus hojas más tiernas amanecían agujereadas por no sé qué malditos bichos. Era la que más había crecido. Tenía un tallo grueso y una altura de más de dos metros. La hubiera dejado vivir un par de semanas más, pero algo la tenía enferma. 
        Empuñé la pala de cavar y despegué la tierra de la maceta. La arranqué sin miramientos, sin mirar si la Luna era o no favorable. ¡Cientos de hormigas estaban comiéndosela por las raíces y criando larvas a puñados! Cargué en un barreño la tierra invadida de hormigas y la llevé hasta el prado, por el otro lado de la jaula con cinco perros. La yegua de los gitanos me observaba, extrañándose, dudando si alejarse o acercarse. Las hormigas se afanaron como pequeños diablitos y huyeron del sol. La planta la colgué para que secara entre los ramajes, donde no diera mucha luz. 
        Recordé que la semilla la había plantado, junto con otras, en una parte de tierra baldía, empobrecida por la acción de un kiwi invasor, y aunque enriquecí el terreno con humus del viejo cucho y tierra de la higuera, las sátivas de esa zona crecieron débiles. Antes de preparar macetas para trasplantar, el gato de los vecinos una noche entró y se revolcó sobre los brotes de la tierra baldía, que aún no medían ni medio palmo, y destrozó todas las plantas que allí crecían menos esa. La tierra de la maceta donde la trasplanté, la aboné con mierda de la yegua. Cuando recogí el abono, estaba lleno de las hormigas que odian la luz del sol y de larvas blancas. Lo puse a secar sobre unos palés amontonados, cerca de un nido de mariquitas que no dudaron en eliminar las larvas. Pero no debieron de comérselas todas. 

        Oí voces por el tendejón y salí de los arbustos. Un vecino de los nuevos en el pueblo, de los edificios del camino real, discutía con mi prima, le decía que iba a matar a Last porque sus ladridos no lo dejaban dormir de noche. Ella le dedicó una mirada de furia silenciosa y lo dejó callado, con el rabo entre las piernas. El vecino, derrotado, se alejó. 
        Temí que el tipo llamase a comisaría y viniese la poli.
        —¿Arreglaste eso? –me preguntó mi prima, refiriéndose a mi divorcio.
        —No. Todavía me falta firmar un papel. Un viaje a Tenerife, a firmar un papel, y ya está —mentí. 
        —Entonces podremos arreglar nuestra situación. ¿Cuándo vas a ir? 
        Se acostumbra uno a que la prima invada la intimidad, y ya se cree ella que tienes el deber de casarte. ¡Casarme otra vez! Ni las pesetas de la expropiación serían un suficiente motivo.
        —Ah, otra cosa. La gente de la Facultad pregunta a cuánto vas vender la maría. 
        —Una kima cinco talegos.
        —¿Una qué? ¿Qué... Y cuánto me llevo yo?
        —Si la pasas tú, dos talegos.
        —¡La mitad! 
        La dejé en la duda y me alejé de ella. Me costaba soportarla, mirarla, cruzar dos palabras. 
        El cielo no tenía trazas de querer llover. Me alegré. Necesitan sol. Me senté sobre la tierra entre las macetas de varias hembras y los aloes. 
        Pensaba que el Ayuntamiento tendría que haber respetado las tierras, porque permanecen verdes, abundantes y aportan un pulmón necesario. A pesar de que no llovía, todo estaba verde menos las palmeras que plantó mi abuelo cuando regresó de La Habana. Se secaron desde que el alcalde comenzó con la brillantez de modernizar la aldea. Pidieron permiso a mi prima para mover las palmeras de sitio a cambio de una indemnización. Las movieron para ensanchar la acera del camino real, y dejaron de crecer y comenzaron a morirse. Ensancharon la acera y todo se inundó de edificios dormitorio, tráfico, hamburgueserías y farolas negras. 
        Durante un tiempo había estado todas las tardes cuidando la plantación. En cuanto descubrieron su sexo, arranqué las plantas macho, influenciado por David. No debí. Es bueno que las hembras tengan semillas, y además los machos dan forraje. Pero yo dejé sólo las hembras, que no tenían nombres. Algunas macetas las había colocado en parapetos al otro lado de un muro de escayos
(10) y cirigueñas(11), en una parte en que también hay un claro con horas de sol. Pero las quité de allí cuando descubrí al gato de los vecinos merodear varios días seguidos, y después al mismo vecino mirar para dentro por entre los árboles que lindan nuestras tierras. 
        Dejé crecer las hembras. Y a la hermafrodita la despaché ese día que mi prima me recordó lo del divorcio, y la puse a secar. 

        Mañana las que quedan tendrán la flor oscura. Entonces podré cosecharlas, secarlas y venderlas. Si es que esta misma noche no vienen a robar los gitanos, o el vecino enterado, o cualquier intruso. Ahora ya no me importa, pero desde finales de julio me entró ese temor. Para serenarme, cuidé más las macetas de tomillo, salvia y romero. Estas tres últimas las cultivaba porque me dijo David que alejaban a los insectos, y dieron resultado. Las moscas verdes desaparecieron enseguida. 

        —¿Y dónde vas plantar cuando expropien las tierras? –preguntó mi prima, y sin esperar respuesta siguió hablando con una amiga, a la que trajo a la casa sin tener vergüenza de que la amiga viera cómo está todo—. Mira lo que dice este libro –dijo, abriendo sin permiso el libro de Víctor Hugo, que había dejado yo un momento sobre un cajón, para acordarme de llevárselo a David—: «¡Tengo hambre! ¡Tengo frío! ¡Cuándo será que aparezca el día! ¡La tierra está negra!»... uy, qué miedo... 
        —Ves, esta es la cannabis indica, y aquella de allá es la cannabis sativa... Escohotado dice que la diferenciación es un error porque son la misma planta, sin ninguna diferencia... No, esas no sirven para nada, no sé por qué las cuida... –estaba diciendo mi prima cuando miró para el libro, una edición de 1881—. ¿Dónde lo encontraste? Hace meses que estaba buscando este libro. Estoy haciendo un trabajo sobre Víctor Hugo. –Se quedó con el libro. 
        —¿Y no tiene miedo de plantar aquí, en medio del pueblo?... ¿por qué no planta lino?, ¡jijijí! Antes tu familia plantaba lino, ¿no es verdad? Tenía que haber pedido una subvención... 
        Entré en la casa y las mandé a la mierda, a las plantas y a las mujeres. Vi a mi tía. Me llamó Pedro, que era el nombre de mi primo. No le hice caso, tanto me confundía con Pedro que acepté que, para ella, yo me llamaba Pedro. Luego siguió con sus incomprensibles cavilaciones. 
        A finales de junio mi trato con las plantas se hizo más frío. Sólo acudía a la improvisada huerta apenas a inspeccionar la plantación. Algunos días me quedaba a dormir en Gijón, en casa de Pili cuando su marido estaba fuera. 
        El 4 de agosto ya me dieron el 406. Pero el día 5 se lo presté a mi prima para que fuera a París a ver el eclipse. Incluso me comprometí a alimentarle los perros. Tuvo la amabilidad de dejarme comida. ¡Comida! Compró barato unos noventa kilos de restos de pollo, carne pasada, pudriéndose. Me dijo que no necesitaba cocerlos, que los comían crudos. Toda la noche estuve quitando gusanos de dos cajas de carne de pollo. Llené medio barreño de gusanos. Me sentía demasiado cansado y dejé para más tarde la tercera caja. 
        Librarme de la presencia de mi prima me costó seguir haciendo en tren los viajes de trabajo a Gijón, Gijón-la aldea/la aldea-Gijón. En esos viajes me entretenía leyendo cosas sobre el cultivo. Tenía tiempo de ilustrarme. Incluso empecé a adoptar el lenguaje de los horticultores, pero achaqué que amarillearan las hojas grandes de una de las que tenía en el corredor a que mi prima, con su envidia, había enfermado a la planta, y no a la falta de magnesio. 
        En total, hora y media de viaje. Hora y media de lectura o mirando por la ventanilla, hasta que una cosa y otra terminaron siéndome monótonas y acabé pasándome a la revista de humor El Jueves

        Aún no había cortado y puesto a secar la parte de arriba de las hembras, y el resto de monotonía lo aliviaba, cuando su marido no estaba de viaje, procurando que Pili se quedara en la empresa después de la hora de salida, buscando la posibilidad de escondernos en el almacén, o yendo con David al Flamingo. Él tanto quería ser como Cela, que justificaba sus visitas al Flamingo diciendo que para ser un escritor de verdad hay que hablar mucho con la putas. Las putas, según él, son las diosas del cuento. 
        El 11 de agosto dejé a Pili. Me preguntó si había otra. Le dije que no y le dije adiós. 
        No me había gustado su manera de contar cómo David se desmayó y lo llevaron al hospital. El hospital me trajo de nuevo a la memoria la risa de Mina, lo mucho que me hacía reír cuando me contaba cualquier percance o desgracia que había tenido un amigo. Incluso la muerte era para ella una película del gordo y el flaco. 
        El tomillo y el romero han conseguido alejar los mosquitos y las moscas verdes; y los insectos voladores que se empeñan en permanecer en la cocina, tarde o temprano quedan atrapados en las telarañas del techo. 
        La casa está tan descuidada que da pena. En la cocina hay, atados, cinco perros, y uno en la cuadra, y enfrente del corredor otros cuatro perros que cagan y mean y la mierda llega hasta la misma puerta de la cocina, en donde, cuando mi prima estaba allí dentro, hervía en una enorme pota una bazofia que ella denominaba alimento para perros. Le envidiaba la fuerza. Como si fuera una pluma, quitaba la pota del fuego, sin derramar ni una gota del potingue, para que yo hiciese un arroz o lo que fuera, y cuando terminaba la volvía a poner casi con una mano. La bazofia tardaba en hacerse más de 24 horas, pero debía de ser buen alimento, y mi prima, una maestra de la crianza de perros. Los perros, cuando devoraban aquello, dejaban de ladrar desesperados por el hambre. 
        Esa comida les hacía cagar mierda blanca. «Eso quiere decir que tiene mucho fósforo», me había dicho David. Buena información. No dudé en abonar con la mierda blanca, ya seca, y con el viejo cucho de donde a veces, al cavar, asoman los cráneos de los perros muertos. El fósforo, me había dicho David, es lo que más necesitan las plantas cuando comienza la floración. 

        Ayer salí a ver cómo estaban. Me quedé parado ante la tercera caja con carne de pollo. ¡La carne había desaparecido! Toda la caja, los treinta kilos de carne, se había convertido en un lento y nutrido hervidero de gusanos. Me hipnotizaron los hijoputas. Antes de llevarlos a la tierra para enterrarlos y que la tierra se los comiera, estuve contemplando el fluir monótono de los millones de gusanos, buscando inútilmente más carne. Los enterré junto a la yerba del diablo. El cuervo se posó a mis pies y entendí claramente. Me pidió que la abonase con huesos de niño. No dijo cualquier otro animal, huesos de perro, huesos de pollo, o de rata o de topo, sino huesos de niño, como mi abuelo cuando se vio a las puertas de la muerte. Sólo podía eludir la muerte si le preparaban una sopa de huesos de niño. Mi tía se la preparó de huesos de pollo y mi abuelo se fue a la tumba. 
        Le expliqué al cuervo que nada de huesos de niño. Al carajo con ese tema. Le dije que debía conformarse con la sangre de una de las ratas de la cuadra. Estuve varios días acechándola. Era la que le robaba comida a la perra cuando ésta dormía. Esa debilidad acabó con su vida. Logré sorprenderla y de un sablazo la corté por la mitad. Vertí la sangre en la tierra de la yerba del diablo. A las pocas horas sus hojas tomaron un color verde que hechizaba los ojos y brotó la primera flor. Supe que esa yerba estará ahí, a pesar de los caracoles y de los gusanos, entre la figal y el castaño, hasta que expropien las tierras y las palas mecánicas arrasen con todo. 

        El sabor de carne cruda de rata es fuerte y se clava en el paladar. Lleno la pipa con más flor seca. El humo suaviza el sabor de la carne y elimina el olor húmedo de los años. Sólo existe el pálpito, la respiración y la oscuridad. Y quiero estar solo. Deseo que mi prima no regrese. Ya no me importa que la Muerte esté aquí. Le digo que estoy dispuesto para irme con ella. Dice que no, que no me ha llegado la hora. Es igual. Sería mala suerte que me muriese esta noche. El cuervo, fantasmal, se posa en la empuñadura del sable. 

        Tomo el sable, dejo la vaina en la habitación y, sin pensarlo, voy a donde están las plantas de marihuana. El gato de los vecinos se encarama a un cajón sobre el que tengo una de las macetas. No lo pienso. Es el sable el que actúa. 
        Mina, Pedro o la Muerte, como un gusano se debate en el pico del cuervo, que se aleja en la noche.

 

Relato publicado en Lunula 14, Gijón, España, 2000
(c) Jesús R. Castellano

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