lunula   revista digital de arte y literatura         index

Chus Fernández
Lugo de Llanera (Asturias)

Relatos

Insomnio, como siempre.
Maradona celebra enfervorizado la victoria del equipo azul con la franja de oro en el pecho a la vez que yo busco el parecido entre el gordo sin camiseta que aplaude emocionado y el héroe equilibrista que se jugaba la vida esquivando las puntas de flecha de los centrales del equipo contrario. 
        Boca aplasta a River mientras en la grada una bala pasa de un lado a otro de una niña de once años. 
        Apago la televisión.
No quedan niños. 
No quedan héroes.

Me levanto a beber agua. 
Abro la puerta de mi habitación y doy un pequeño salto. 
He de atravesar la selva para llegar hasta el pasillo. 

Mi madre recoge todas las monedas del suelo y guarda una pata de conejo en la cartera. Duerme con los dedos cruzados. Rehuye la sombra de las escaleras, tiene mucho cuidado con los espejos y no quiere oír hablar de cierta clase de gatos. No le gustan las celebraciones anticipadas. Ha sembrado de herraduras el sendero que lleva hasta nuestras camas y de todas las ventanas de la casa cuelgan anzuelos con tréboles de cuatro hojas esperando la respuesta de la buena estrella.

No soporta verme enfermo.
Los médicos no dan con el origen del problema pero ella ya ha encontrado la causa de mis dolencias. 
        Me han dicho que es malo que duermas junto a las plantas porque son muy envidiosas.

Las plantas.
Por el día dentro, por la noche fuera. 
Atraviesan la frontera en el regazo de mi madre.

Salgo de la cocina. 
Miro la barricada vegetal. 
No me hace falta arrimar la oreja al suelo para adivinar la llegada de las lágrimas.
Pero no lloro.
Me dejo caer sobre la pared del pasillo y río en silencio.
*****


Esto no acaba de funcionar.
Junio ha podido con todos.
Los que estudian entran y salen de exámenes finales y los que trabajan apuran su descanso mirando la puerta de los bares vacíos.

Las películas esparcidas por el suelo.

Cuando nací no había dinero y mis padres y yo compartíamos la misma habitación y las cucarachas y los ratones circulaban por la casa con total libertad (la miseria reduce los espacios entre las personas y multiplica la distancia entre los objetos).
Algunos meses después del parto mi madre volvió a ocuparse de los desperdicios de los señores cuya casa había limpiado hasta el momento de dar a luz en tanto que su marido encontraba empleo cerca de donde ella trabajaba (durante doce horas al día el torno provocaba un eclipse en la vida de mi padre). Mis tíos se hicieron cargo de mí hasta que las marcas de sus golpes fueron demasiado evidentes. Entonces fui a parar a otros brazos que me acogieron durante el tiempo necesario para que mi padre entrase en una empresa siderúrgica y mi madre pudiese arrinconar los guantes y la lejía y dedicarse por completo a su familia.
Los ricos tienen más dinero pero tampoco ellos son capaces de conseguir lo que desean. Sus casas son las más bonitas, también sus coches son los más veloces y aun así no pueden llevarles lejos de sus propias historias.

Las posibilidades escaseaban, de modo que cada nuevo electrodoméstico que entraba en casa suponía un auténtico acontecimiento. De nuestra primera televisión en color recuerdo las gafas de cartón con un plástico rojo y otro verde en el lugar en el que deberían haber ido los cristales. Los personajes no saltaron hacia donde estábamos ni nosotros pasamos al otro lado de la pantalla, pero de todas formas no nos quitamos las gafas hasta que terminó la película. Supongo que a ninguno le apetecía reconocer su decepción ni hablar del ridículo que sentía al ver a los demás de la misma manera que le veían a él.

El expreso de medianoche, nuestra primera película de vídeo.
Después, El pico, Perros callejeros, Colegas, y un sinfín de cintas por el estilo. El gusto de mi madre, discutible, pero sus intenciones, las mejores. Su hermano pequeño había tenido problemas con el caballo y ella acudía a esa clase de películas buscando una posible cura. 
La desgracia no deja cabos sueltos, hasta mi tío llegaba por ríos azules. 
        Los años se han ido acumulando y nosotros hemos crecido y las dificultades están ahí, vestidas con ropas distintas, y mi hermana viene de otra parte siguiendo el mismo camino y se muestra incrédula cuando le hablo de aquellos tiempos en los que no podía caminar descalzo por la cocina porque las tablas del suelo eran colmillos podridos y las ventanas papeles de periódico y cristales rotos con agujeros en forma de estrella.
*****


No te apetece hablar, no te apetece cenar, ¿se puede saber qué es lo que te pasa?
No lo sé, si me llaman, diles que vuelvo pronto.

La fiesta dejó de entretenerme el día que comprendí que el viernes estaba demasiado cerca del lunes. Invierto el orden de los años y revuelvo entre mis pantalones de pana y mis camisas de franela y mis calcetines de rombos a la búsqueda del Tango naranja y los guantes Mikasa de color amarillo con diminutos círculos de goma negra.

He llegado hasta un punto desde el cual nada es igual que antes.
Soy ese aficionado que escucha los tantos de su equipo desde fuera del estadio.
He agotado mis reservas y hace falta confiar mucho en uno mismo para seguir yendo al lugar del que siempre se vuelve con las manos vacías. Todos acabamos disparándole a alguien pero resulta muy difícil no acordarse de la presa después de la cacería. 

El camarero me saluda, me siento en el taburete y pido un agua con gas. 
Trabajo, agua mineral...
Sin duda, otros tiempos.

Se reparten las cartas y los triunfos van a parar a una sola mano. Un calvo sentado al revés en una silla de madera ríe y aporta un nuevo enfoque a una jugada anterior al mismo tiempo que un tipo golpea la barra y augura la explosión de una bomba en la pantalla y otro se levanta y se pone la chaqueta mientras el camarero eleva la bandeja por encima de las blasfemias.
Hojeo el periódico sin más interés del necesario y al pasar mi vista por la parte superior de sus páginas reparo en la importancia del día que sin remedio llega a su fin.
Veinticinco meses.
Nunca he sido bueno con las fechas.

Ella tampoco.
*****


«Pasaban trenes en la tarde y su tristeza permanece en mí.»
Antonio Gamoneda

Oye, si te cuento esto es por sacar algún tema de conversación.
¿Qué?, ah, ya, perdona...
El tren, mi hermana y yo. Ella me habla pero yo acabo de cerrar un libro y estoy diciéndome: aquí lo tienes: leer es reconocerte, volverte a encontrar con alguien a quien habías desterrado.
Una vieja parece decidida a entretenernos. 
¿Y ahora qué? Yo me quería bajar allí.
¿Dónde está el revisor?
Esos cabrones te piden el billete pero luego desaparecen. 
¿Cómo voy yo ahora al Pryca? 
Me cago en su puta madre. Como me haga pagar otra vez... 
Grita y golpea la puerta con el puño cerrado y menea la cabeza y busca la complicidad de un tipo que lee el periódico y vuelve con la puerta.
La alternativa ausencia de dientes llena su boca de espacios en blanco.
No me gustaría ver a mi madre así. 
Ni a mi abuela tampoco.
Mi abuela freía las patatas con forma de girasol, echaba vino en la sopa, no rechazaba un buen vaso de anís y era realmente rápida a la hora de repartir las cartas. Nos llevaba todas las semanas las mismas galletas. Empezó a fumar a los ochenta y eso a mis amigos les hacía mucha gracia. Tenía muy mal perder, así que cuando el viento no le daba de cara barajaba y pasaba a decirnos lo que íbamos a hacer con nuestras vidas respectivas. 
Corta, haz tres montones y coge una carta de cada uno. 
Una mañana de diciembre se tiró de cabeza al río.
Algunos de mis amigos que encontraban divertidas sus aficiones asistieron a su entierro. He intentado olvidarlo casi todo pero siempre salen a flote las palabras de mi madre al entrar en la iglesia:
JÚRAME QUE NO ME METERÁS EN UN ASILO. 
JÚRAMELO POR DIOS JÚRAMELO. 

Hacer un juramento es mucho más fácil que ver llorar a una madre.

Próxima parada: Oviedo, correspondencia con las líneas C1,C2 y C4 de cercanías. Gracias por usar los cercanías de Asturias.
Todos estamos pendientes de la vieja. 
Pasan los segundos; ella, de pie, mira por la ventana.
El vagón es un clamor:
El verde, venga que arranca, ése no, el otro, cómo va a abrir la puerta si no aprieta el botón...
La vieja desciende con cuidado, yo la sigo con la mirada. Busco a mi hermana, sonrío (o al menos lo intento) y fijo la vista en mi reloj. 
Las nueve menos cuarto. 
Pryca cierra a las diez.
*****


Relatos publicados en Lunula 14
(c) Chus Fernández